MATO EL TIEMPO Y ÉL ME MATA A MÍ; QUE BIEN SE VIVE ENTRE ASESINOS. (Ciorán)
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sábado, 7 de diciembre de 2024

Cuentos de Navidad. El huevo

 

Barracas de Francisco Alegre. El Carmel

La tienda de "Tío Ramón" no ocupaba más espacio que el de una habitación que no llegaba a los veinte metros cuadrados.

Un pequeño anexo al fondo hacía de almacén; aprovechado al máximo, más parecía un zoco árabe donde se podía encontrar de todo y a buen precio, y si no lo estaba a los ojos del comprador, "tío Ramón" se encargaba de que lo pudiera adquirir en cómodos plazos semanales. 

No había barraquista en el poblado de Francisco Alegre, las barracas que dominaban Barcelona desde El Carmel, que no hubiera pisado alguna vez su establecimiento. 

Surtida hasta los topes, siempre había alguna ganga para poder poner en el plato del día: el culo del chorizo, unos tomates picados, el principio del jamón dulce, el paquete triturado de cubitos de caldo Starlux, o las galletas "María" rotas, solían estar de rebaja, a su vez bien recibidas por el personal que poblaba el recinto, siempre escaso de recursos.

"Tío Ramón" era un maestro en eso de las pesas y medidas. Para su establecimiento tenía dos instrumentos infalibles: la balanza de doble plato, donde ponía todo lo que denominaba "agrícola", desde las patatas hasta la fruta, y para ello utilizada unas pesas de kilo "proximado", puesto que según sus propias palabras, de tanto utilizarlas se habían desgastado, y lograban "proximarse" a los mil gramos.

 Para las medidas "finas", usaba una báscula Arisó de aguja ligeramente traspuesta por un golpe "fortuito", también según palabras del propio "Tío Ramón", y que empezaba a apuntar con diez gramos de adelanto. Pocas veces traspasó el umbral del medio kilo, pues las pastas de sopa, los macarrones, los fideos gruesos, la manteca de cerdo, y las sémolas se compraban por libras, terças y onzas, medidas que no alcanzaban a superar los quinientos gramos. (*)

Cuando doña Filomena vio que no le iba a despachar "Tío Ramón" elevó la voz y le dijo a la dependienta: 

- Tú no, Conchi, que tú no sabes, que me despache "Tío Ramón". 

- "Tío Ramón", véngase para aquí, que doña Filomena quiere que le despache usted, que dice que yo no sé, dijo gritando la Conchi, a la vez que miraba al fondo de algo que simulaba ser un  pasillo para ver si era escuchada.

- ¡Ya voy!, estoy bajando del triciclo unas lechugas que he traído del Borne y que a peseta las vamos a vender todas, son las más grandes que he visto nunca. ¿-Que te pasa Filomena?, ¿qué quieres que te apañe que la Conchi no sabe?

- Quiero un huevo, que se lo voy a hacer frito a mi Antonio, con un "pimientico" que tengo y una patata que me queda. 

"Tío Ramón" metiendo la mano en la cesta metálica, sacó un huevo, y enseñándoselo de cerca le dice:

- ¡Mira que huevo más bonito!

- !Ese es pequeño, no, dame otro más grande¡

- Mujer, ¿te parece pequeño?, ¡si es enorme!, pero bueno, espera, espera, que voy a la trastienda, que allí tengo más, y sin esperar a la reacción de la mujer  introduce el huevo en la cesta sin depositarlo; con la palma de la mano cerrada y el huevo dentro de ella hace amago de ir a la trastienda y vuelve casi de inmediato.

- ¡Filomena¡, dice "Tío Ramón" en voz alta, mira lo que te he traído y que tengo guardado para ti, y abriendo la palma de la mano le muestra aquello que jamás depositó.

- ¡Este sí¡, este sí que es grande, ¡tú sí que me entiendes!.¡Embolícamelo en un papel de diario para mí Antonio!

- ¿Qué te debo?

- Una peseta

- Apúntamelo en la libreta, que el sábado, cuando cobre mi Antonio, te lo pago.


(*) La libra catalana eran 400 gramos. Las onzas eran la doceava parte, 33 gramos, pero generalmente, para pedir 50 gramos, se pedía una onza.

La terça eran también 400 gramos, y se usaba para la tocinería, charcutería y las carnes.

-¿De dónde venís?

 - De beeeeeeeeeeeeeeeé  l´ ecliseeeeeee...