Poco pensó, allá por el 1912 el gran Josep Graner que su mariposa sería a la larga cazada. Cuando Graner la estructuró, tuvo en cuenta la reflexión del sol y los colores de la cerámica para que su colorido resaltara. Se podía ver desde cualquier punto de la Plaza España. Fotos hay que lo atestiguan. Antes, se hacían las cosas para uso y disfrute de si mismo y de los demás y a nadie se le hubiera ocurrido ocultar una obra obra de arte entre prefabricados de vidrios y aluminios, eso que los muy de ahora llaman diseño, cuando el secreto no es otro que abaratar costes. (*)
El origen de estos materiales se basaba en la filosofía del reciclaje y la economía de la época:
1. Desechos de grandes fábricas de cerámica
Los constructores y arquitectos de Barcelona solían recoger los excedentes, piezas rotas o azulejos con fallos en el esmaltado directamente de los talleres cerámicos más importantes de los alrededores. La fábrica más célebre y el principal "proveedor" de restos para el modernismo fue Pujol i Bausis (conocida como La Rajoleta), situada en Esplugues de Llobregat. De sus hornos salían las piezas que decoraban las obras de Gaudí, Puig i Cadafalch, y también las de maestros de obras como Josep Graner.
2. Vajillas y loza rota
Además de los azulejos de revestimiento, para lograr la viveza de colores de la mariposa se utilizaban trozos de platos, tazas y vasijas de loza esmaltada (pisa). Los artesanos acudían a alfarerías locales de barrios como Sants, Les Corts o el Poblenou para comprar a bajo precio (o simplemente recoger) los restos que se rompían durante el transporte o la cocción.
3. Azulejos de muestra descatalogados
En muchas ocasiones, los almacenes de materiales de construcción donaban o vendían muy baratos los azulejos cuyos patrones habían pasado de moda o de los que ya no quedaba stock suficiente para pavimentar una habitación entera.
El secreto del Trencadís: Los artesanos (a menudo colaboradores anónimos o los propios albañiles dirigidos por el diseñador) clasificaban los fragmentos por gamas cromáticas directamente en la obra. Al romperlos en trozos aún más pequeños, lograban adaptar el material a las complejas y orgánicas curvas de las alas de la mariposa, consiguiendo un brillo y una textura tridimensional que habría sido imposible de lograr con azulejos enteros.











