MATO EL TIEMPO Y ÉL ME MATA A MÍ; QUE BIEN SE VIVE ENTRE ASESINOS. (Ciorán)

lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuentos de Navidad. De vuelta a casa

                                   En el mismo momento que dejó prestado el pequeño ensayo metafísico de Gabriel Marcel, Aproximación al Misterio del Ser, supo que jamás le sería devuelto. 

Recordó entonces algunos dichos sobre los préstamos literarios, estos siempre coincidían en que en la mayoría de las ocasiones no se apreciaba el retorno. 

Le supo mal no haberlo fotocopiado, porque en realidad la composición del libro era pequeña, no superaba las ochenta páginas, y estas las tenía todas acotadas, con apuntes en su interior señalando puntos que derivaban hacia otros libros del mismo autor, habida cuenta que, en la época que lo prestó, el escáner no era de uso generalizado, ni los móviles disponían de tantas aplicaciones. 

                                       

Pasó el tiempo, tanto que dio pie a que Ignasi Mirabueno acabara sus estudios, hiciera la tesina, lograra enrolarse con un par de posgrados, y remediara principiar otras alternativas, con resultados similares y en tiempos parecidos.  

Tuvo un hijo y este  otro y otro. 

Como a Ignasi Mirabueno le sobraba tiempo para no hacer nada, se entretenía entre la lectura, la Biblioteca de su pueblo y el hojeo en el ordenador de libros económicos de segunda mano, siempre que estos se circunscribieran al área que dominaba. 

Un día, Ignaci Mirabueno se llevó una grata sorpresa al ver publicado, a modo de oferta, el título de aquel libro que hacía más de treinta y cinco años había dejado y que jamás le retornaron. Estaba en el catálogo de una librería sevillana. El precio no era abusivo, había que contar que era un libro descatalogado, difícil de encontrar, de pequeña tirada y que, según puntualizaciones anexas de la librería, estaba en muy buen estado, aunque con algunas acotaciones en su interior. 

No se lo pensó dos veces.  

El ejemplar no le llegaría hasta pasada una semana. 

Ocho días justos después del pedido, le avisaron de que este estaba de camino y que por la tarde le sería entregado en mano a la dirección que originariamente se hizo el reclamo. 

Fue sobre las cinco de la tarde que picaron al timbre de la calle. Le entregaron un paquete pequeño, empaquetado con exquisito gusto. 

Le costó abrirlo.

Al quedar indefenso de sus múltiples protecciones pudo empezar a hojear el libro con delicadeza. Sus ojos empezaban a confundirlo, estaba tal y como lo dejó hace muchos años, sin una coma de más, con sus señales hacia el Homo Viator, sus apuntes hacia Ser y Tener y sus puntualizaciones sobre Diario Metafísico. 

El primer pensamiento de Ignasi Mirabueno al cerrarlo con cariño fue: de vuelta a casa. 



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