SÓNSOLES, SI YO HE PODIDO CUALQUIERA PUEDE SER PRESIDENTE (sic)

viernes, 29 de abril de 2022

Cuentos de Navidad. La visita

 


Putrefacción. Johann Daniel Mylius. Philosophia Reformata. Francfort 1622.

Julia era inflexible con el horario. De siempre la puntualidad fue una de sus máximas. Esa mañana, como todas las anteriores desde que trabajaba en la encuadernación, bajó los tres pisos que le apartaban de la calle cuando aún faltaban cuarenta y cinco minutos para que dieran las ocho, hora en que sonaba la sirena y que hacía que el taller se pusiera frenéticamente en marcha.

Antes de cerrar la puerta  despidió con una leve sonrisa a su hermana Josefa, en casa desde el día anterior. Esta no había venido en visita de cortesía, sino para vigilar al padre de ambas, don Cipriano, que se encontraba en cama desde hacía unos días. 

Los resfriados a edad avanzada, don Cipriano rondaba los ochenta, no eran beneficiosos y menos con aquel invierno cercano a la Navidad. 

Todos decían que  el tiempo había cambiado, pero en realidad los fríos se habían hecho más fríos desde que los postigos de las ventanas  ajustaban peor. No había otro hombre en casa más que él y Júlia no estaba dotada para la carpintería.

El golpe desde la balda interior que Júlia escuchó ya en el segundo piso, camino la calle, le dió la certeza que la puerta se había cerrado desde dentro. Era una tranquilidad saber que su hermana venía a acompañar al "papa". Ella no salía del taller hasta la una y tardaba justo cuarenta minutos a llegar a casa.

Era hacer a la inversa el recorrido acometido por la mañana, con o sin frío, con o sin lluvia, con o sin sol. Calle Carretas, La Cera, Els Salvadors . Girar a la izquierda hacia Príncipe de Viana y de allí a Riera Alta hasta Villarroel. Floridablanca, Ronda de Sant Antonio hasta Universidad. Girar a la izquierda y subir por Aribau. Todo recto hasta Mallorca. 

Allí, en esa esquina, estaba el taller.

También podía coger el  29, tranvía que hacía la circunvalación por lo que antes habían sido las murallas de la ciudad. Sólo tenía que acercarse a la Ronda de San Pablo y frente al limpiabotas de la esquina de San Antonio Abad, tocando los Escolapios, encontraría la parada que le llevaría hasta Plaza Universidad, pero aquello le costaría una peseta con cincuenta céntimos. No valía la pena por el ahorro de diez minutos.

Josefa se había llevado la costura. Tenía que entregar esa semana tres abrigos más de los que solía hacer y no estaban los tiempos como para decir no. El aceite de soja había vuelto a subir y el  de girasol era imposible tocarlo, el alquiler del piso, para que mentarlo, aún no siendo excesivo, eran unos dineros con los que no se podía contar porque cada primero de mes estaba Don Horacio, el propietario del mismo, con la mano abierta esperando las 125 pesetas de rigor.

Aquel  año del sesenta y dos había sido como los anteriores. En la costura no había contratos fijos, como en el caso de Júlia que cobraba cada sábado la "semanada", y aunque setecientas sesenta y tres pesetas -en su categoría de oficiala de primera-, no eran una cantidad exagerada, las complementaba con las primas por trabajar a "destajo";  estas siempre rondaban unas trescientas pesetas más. 

Las modistas en su mayoría trabajaban por "temporadas", las había altas y bajas  y cuando venía esta última, la temporada de "calma" que se llamaba, se tenían que acoger a lo que fuera.

 Lo que fuera significaba cambiar  de modista a costurera, y en ocasiones, las menos, a zurcidora.

Cuando se cercioró que Júlia ya estaba en el segundo piso y que tenía un resquicio de luz para alumbrarse debido al ventanuco del patio interior que daba a la escalera, cerró la puerta dejando caer la balda.

Fue en aquel instante que sintió un frío más penetrante que el que había sentido por la noche tapada con una frazada de pana que hacía las veces de manta pero que apenas llegaba a cubrirle. 

Instintivamente pensó en la llovizna que no había cesado en toda la semana, en la perenne falta de sol de aquella calle estrecha y gris, como todas las del Raval , en la neblina persistente, en la hora temprana e incluso en las montañas nevadas más allá de donde su imaginación podía llevarle.

Recordó por momentos que hacía mucho tiempo que había dejado a su padre solo y girando sobre si misma se dirigió a la habitación donde yacía.

Desde la entrada hasta la habitación no habían más que unos pocos metros pero el frío se le hizo más agudo, más profundo.

Nada más cruzar la puerta se quedó petrificada. 

Vestida con un manto de un blanco impoluto, resplandeciente, y envuelta en una leve neblina, La Muerte estaba introduciéndose en el cuerpo de don Cipriano. En ese mismo instante Josefa se dirigió a ella: -¡Espera , por favor¡, deja al menos que Júlia le vea con vida cuando venga del trabajo, continuó. Josefa no dijo nada más. La Muerte, casi introducida en el cuerpo del yaciente, giró su cabeza lentamente, como sorprendida de que una persona le hablara de tu a tu, sin miedo. Giró sobre su manto blanco.  La calavera, cubierta con una capucha, le miró desde la oquedad de sus ojos con una leve sonrisa, o al menos así lo creyó Josefa. La gran guadaña sobre el hombro derecho de aquella figura seguía permaneciendo erguida.

Poco a poco se elevó del moribundo y se puso de pie al lado de la cama, frente a Josefa. Cruzaron las miradas. Josefa no sentía el miedo, había visto muchos muertos en el frente de Cervera. Fue en ese mismo momento que ya erguida giró hacia la cabecera donde reposaba don Cipriano y deslizándose sobre si misma marchó lentamente cruzando la pared que daba al cabezal. Y con ella marchó el frío.

Inmediatamente Josefa se volcó hacia su padre. Respiraba. Le dió un beso.

Esa mañana no cosió. Estaba tan alterada que le fue imposible enhebrar una sola aguja.

No habían pasado cuarenta minutos de la una de la tarde que sonó el aldabonazo en la puerta.  Júlia se había adelantado unos pocos minutos.

Josefa le abrió la puerta. Un beso sin aproximación y la rápida huída de Júlia hacia la habitación donde dormitaba su padre fue todo. Otro beso, este más prolongado y profundo a su padre, y un ¿cómo ha pasado la mañana? dirigido a su hermana culminaron la escena.

Bien, fue la respuesta.

Comieron deprisa. No disponía más que de hora y media escasa. A las tres en punto debía de estar ya en la encuadernación.

Fue entonces, y casi acabado el segundo plato cuando Júlia se volvió hacia su hermana y le dijo: ¿no tienes frío?. Cómo un resorte Josefa se levantó de la silla y se fue corriendo a la habitación donde se encontraba su padre. ¡Júlia¡, ven...

Aquella tarde Júlia no fue a trabajar.

El sepelio de don Cipriano fue oficiado al día siguiente.


PD: Salvando algunos nombres y pequeños detalles todo lo contado sucedió en la realidad.

Doy fe.






8 comentarios:

FRANCESC PUIGCARBÓ dijo...

yu yu. La mort és purament un canvi mes.

Salut

Tot Barcelona dijo...

Si, cert, FRANCESC PUIGCARBÓ. Tinc un altre molt similar, casi idéntic, pero aquet no ho escriuré. El curiós és que la visió era molt similar.
Salut

Francesc Cornadó dijo...

Miquel, este relato ha de pasar a formar parte de la continuación de "Las sombras..."
Te animo.
Salud
Francesc Cornadó

Daniel F. dijo...

Me he acordado de una persona, M, que se quedo viuda con tres hojas y se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar de señora de la limpieza en una fabrica. Cuando salía, por las tardes y los sábados se iba a limpiar casas de "señoras bien". Los hombros desgastados de limpiar y fregar, pero una vitalidad y una alegría envidiables.
Son esas personas que han hecho este país del que ahora nos beneficiamos, muchas de las que murieron como perros solas y olvidadas en deleznables residencias de ancianos, son las que muchos hijos desprecian y llaman tontas, son aquellas estafadas por "preferentes", aquellas insultadas por la banca electrónica. Gente formal y seria en su inmensa mayoría.

Me ha gustado mucho el relato, porque respira realidad, y te animo a que continúes con él.

Un saludo.

Paco Castillo dijo...

Un relato rebosante de Humanidad, en donde la la Muerte concede una pequeña tregua al inminente finado, don Cipriano, para que al menos sus seres queridos (las hijas) puedan darle un beso de despedida, su adiós.

Qué bien reflejas el mundo hostil al que se enfrentan las gentes más humildes; Julia, una vida haciendo malabarismos entre las precariedades. Y cuántas madres y padres han conseguido, dejándose la piel, dar una vida mucho más digna a sus hijos…

Me ha encantado, un cuento basado en hechos reales que bien conoces. Con la realidad pura y dura siempre se escribe el mejor cuento.
Abrazo y salut, estimado Miquel.

Tot Barcelona dijo...

Gracias, FRANCESC CORNADó.
Con el tiempo haremos un recopilatorio.
Gracias otra vez
Un abrazo

Intento, DANIEL F. a que lo que se ve como figura principal se rodee del conjunto. Cierto lo de "La Parca", pero recrear lo que era aquello en la primera década de los sesenta, los precios, las condiciones de vida...eso que te ha hecho recordar a la viuda con tres hijas, eso es lo que deseo en realidad.
Un abrazote y gracias por tu opinión.
Gracias...
salut

Por ahí van los tiros, PACO CASTILLO. Es lo que le comentaba a nuestro buen Daniel y a Francesc, aprovechar la circunstancia para narrar como se vivía entonces. Hay cosas que al omitirlas ya las plantas preclaras, por ejemplo: el aceite de oliva. ¿Para qué nombrarlo? si sólo se consumía el de soja y el de girasol...O los precios de los alquileres en un barrio carente de agua corriente porque sólo había el depósito...

Te agradezco la visita, gracias de todo corazón
Un abrazote
salut ¡

Marga Iriarte dijo...

Muy bien relatado, una historia que nos pone frente a la vida de tantas personas que han de convivir con escaseces, preocupaciones y el miedo a que las cosas se ponga peor de lo que ya están.
Sigue con estas historias, Miquel.

Abrazos mil

Tot Barcelona dijo...

Un beso muy grande MARGA IRIARTE.
Te llevo presente.
Salut y gracias