El cerebro es una fábrica de excusas.

martes, 29 de abril de 2014

Fragmentos de una historia que me pertenece. XV

CAPITULO XV



En las barracas el tiempo nunca  era favorable.

El calor no era fácil de soportar bajo la capa de uralita, mientras que  el frio era un guerrero impertinente que te secuestraba el movimiento. Al uno y al otro los esquivábamos de la manera más precaria.

 El calor acompañaba para ir a la fuente, frente a la recta de tribuna, la cual utilizábamos como piscina pública,  aún a costa de que la urbana  te requisara los pantalones y los tuvieras que ir a buscar a la comisaría de Rius i Taulet,  en calzoncillos, bajo los pescozones  de algún urbano  disfrazado con el salacot de turno, parco de palabra  y  largo de improperios, entre las risas y bajo los bigotes de los que siempre se creían por encima de la ley por el mero hecho de llevar un uniforme.

El helor se pasaba a dos tiempos, si era de día lo aligerabas con un sorbo de coñac, del que siempre tenía preparado don Cipriano en su tienda bajo el mostrador.  Alargado de miradas indiscretas, con un coste más barato que en al bar;  allí no se corría el peligro de la indiscreción a que llegara a oídas de mi madre.  Por mi padre no me preocupaba, antes bien, generalmente era yo quien tenía que ir a socorrerlo. 

Don Cipriano era hombre discreto, y el negocio era el negocio, por lo que  no se tenía nada que temer.

Si el frio era el nocturno, la solución consistía en un  ladrillo caliente envuelto en papel de diario.  La técnica era simple y rápida. Se calentaba el ladrillo en el fogón y después se envolvía en papel de diario. Se ponía los pies encima, sin los zapatos, y el calor era momentáneo.

A todos los efectos La Vanguardia era un bien preciado.

Mi madre decía que era como el cerdo, del que se aprovechaba todo, incluso los titulares.

 Como en casi todo, la entendí mucho tiempo después.

Con el diario se envolvían los bocadillos, se tapaban los orificios por donde entraba el aire, se embolicaban los ladrillos calientes e incluso hacían de alfombra cuando acababas de bañarte en la palangana, amén de que también te hacía compañía a la hora de ir a hacer las necesidades más habituales.

Nunca la prensa fue tan eficaz como en aquel entonces.

Pero a lo que más le temíamos los habitantes del poblado era a la lluvia.

Estas estaban acondicionadas sobre la tierra, sin ningún soporte básico y sin cemento por suelo. En algunas habían baldosas a modo de tímido pavimento que solían estar medianamente fijas, clavadas con el barro seco, pero cuando la humedad  hacía presencia empezaban a bailar.

Los menos afortunados se contentaban con poner ladrillos en el suelo, a la manera de pasadizo, e iban con tiento de no tropezar y caer en el lodo dentro de la propia casa. Nosotros, mi madre, mi padre y yo,  éramos de los menos afortunados.
Pero la lluvia traía consigo otro tipo de ventajas y los caracoles eran una de ellas.

Pagaban bien por recogerlos.

Así que los días de lluvia, si Pata de Palo no tenía mandados de su padre al frente de la chatarrería y al Grabao lo dejaban salir, nos íbamos en busca de Mochuelo y nos adentrábamos en los lindes más remotos del recinto. Naturalmente siempre en compañía de Azucena.

Los límites del barrio  siempre fueron una incógnita. Jamás supimos que lo delimitaba ni en qué sector nos encontrábamos.

 Y jamás nos preocupamos de saberlo.

Cargados con el saco de arpillera, de aquellos tomados de prestado en un día de despiste de don Cipriano, íbamos de Can Valero Petit hasta la confluencia de la vía del funicular, porque allí la hierba era más espesa y el éxito estaba casi asegurado, y volteábamos hacia el castillo por la vía del Molino, siempre bordeando las viviendas, subiendo en paralelo a lo que  denominaban popularmente Tres Pins.

De las puertas entreabiertas siempre emergía el sonido de alguna radio generalmente sintonizada con alguna radionovela, cuando no el olor a comida que continuamente estaba presente y que se negaba a desaparecer por mucho que el viento empujara.  Las voces de los vecinos tampoco quedaban ahogadas, y por ellas, en más de una ocasión, ampliábamos nuestro léxico con palabras que jamás habíamos escuchado pronunciar.

Si la lluvia solo quedaba en promesas, nos acercábamos hacia el mirador, a ver si por casualidad los aprendices del toreo peleaban contra unas ruedas disfrazadas con cuernos.

 En no pocas ocasiones y a cada pase que daban, si la cosa les salía bien y la capa no se les enredaba con la rueda, acompañábamos las verónicas con los gritos al unísono del ¡ olé ¡ de rigor.

El aprendiz siempre lo agradecía, y en ese momento nos sentíamos útiles.


21 comentarios:

Jesús pececillo dijo...

Tiempos muy duros a pesar de la distancia de el. Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. Todo lo contrario de lo que dicen ,cuando nada tienes nada pierdes por andar mas de lo necesario en ello se va la vida de muchos niños, ese recorrido sin desfallecer te permite mi querido Miguel escribir tu historia única irrepetible a pesar de las semejanza de muchos de esos niños cada uno con una peculiar forma de encontrar la sabiduría de la vida pura y dura .pero de ella sale lo mejor del ser humano, salut.

RECOMENZAR dijo...

gracias por pasar por mi blog
Un abrazo fuerte

Júlia dijo...

Cuando era pequeña creía que éramos pobres, más o menos, aunque mi madre ya me decía que éramos 'normales', hoy me doy cuenta de qué normales éramos cuando escucho o leo narraciones de gente 'más pobre todavía', por desgracia siempre hay pobres de verdad, aquí o dónde sea.

Me encantan esas historias de tu pasado, son poéticas a pesar de la dureza.

Francesc Puigcarbó dijo...

Ja t'he dit en més d'una ocasió que has de fer amb aquestes històries.
A voltes amb elles, recordo quan començava a treballar endur-me l'esmorzar embolicat amb la Vanguardia que llegia mentre esmorzava.

salut

Miquel dijo...

El problema, JESÚS PECECILLO, a mi entender, es que nadie desea lo que no conoce, pero nosotros, los que vivíamos allí, sabíamos que un poco más abajo, había otra clase de ciudad. Yo recuerdo a mi madre, muchas noches, suspirar por "otra vida mejor", que no era más que tener agua en casa, tan siquiera de depósito; tener puertas que cerraran; un suelo firme; un marido que la quisiera; supongo que una educación para su hijo...lo "normal". Nosotros, los chabolistas, sabíamos de la existencia de la "otra ciudad", daba igual los de Can Tunis que los de la Barceloneta, que los de Somorrostros, que los de Montjuich, que los de Jacinto Alegre. Recuerdo también, la lucha por conseguir viviendas protegidas tipo las de Onésimo redondo en Hospitalet...En fin, yo soy de los afortunados y recuerdo todo con cariño, al fin y al cabo es una historia que me pertenece y que no quiero que se me borre. de allí aprendí mucho.
Un abrazo muy grande y salut

Un abrazo RECOMENZAR.

La palabra "normales" era muy de la época. Solo se distinguía entre ricos y pobres, y los normales eran esa clase media que no llegaba a media, pero que cubría sus necesidades cada semana.
Si, de 10 años hacia aquí, la pobreza ha vuelto a crecer en nuestra ciudad. De 280/300 platos que se deban en T d C hace 6 años (yo llevo una particular contabilidad de allí), hoy se está dando cerca de 480 (eso sin contar la cantidad de bocadillos que se preparan para los que pasan y no se quedan)
Un beso . Gracies per ser hi i salut

Ho farem FRANCESC, poco a poc, ho farem.
I si, sempre el bocata embolicat amb La Vanguardia ..jajaja és veritat.
Salut

Enric H. March dijo...

Sempre espero amb ganes les teves històries de Montjuïc.

Miquel, digue'm si identifiques les imatges de Can Valero que es veuen en el vídeo d'aquest apunt i si saps si es pot veure la filmació sencera en algun lloc:

http://enarchenhologos.blogspot.com.es/2012/06/barri-de-can-valero.html

María dijo...

Te juro MIQUEL que cuanto más leo tus increíbles memorias más me pregunto ¿cómo es posible que no las tengas encuadernadas y en pasta dura? tan frescas, tan claras, tan fáciles de ver al leerlas que ¡ya quisiera el Lazarillo de Tormes haber vivido la mitad que tú!

Enhorabuena por sobrevivir, por recordar sin rencor y por contarnos. De corazón, mil gracias y muuuuchos besos ¡¡súperhéroe!! :))

Miquel dijo...

ENRIC H MARCH :
Si recordo Can Valero i la font, però el nostre era més aproximat a Can Valero petit que era un altre bar del contorn, no lluny del primer; però el que més em crida l'atenció és la figura del carter, del que no he parlat, i que sabia absolutament tots els noms i totes les barraques del poblat. Era el veritable guia , i no es perdia cap carta.

Estic convençut que en la Filmoteca saben on es pot veure la pel·lícula sencera, hauré de preguntar-ho, jo no tinc ideia.
Una braçada

El rencor no sirve, MARÍA. Solo te obnubila. Además, la pasé bien; allí había libertad absoluta, incluso por parte de mi madre, y hubo temporadas que falté más al cole que días estuve en clase. Nadie me decía nada y nadie se metía contigo.
Allí, en aquel entorno, se suponía que cada uno tenía su responsabilidad de saber lo que hacer y lo que no.
En parte aprendí a ser autónomo y como yo, todos.
Salut

Jesús pececillo dijo...

Miguel dijo
El problema, JESÚS PECECILLO,

Toda la razón ..mi primer techo lo tuve con 15 años, antes nada era nuestro.

Si le das de comer al hambriento le nutres una jornada
si le enseñas a pescar lo alimentas de por vida.
><(((((ª>

Jesús pececillo dijo...

Miguel dijo
El problema, JESÚS PECECILLO,

Toda la razón ..mi primer techo lo tuve con 15 años, antes nada era nuestro.

Si le das de comer al hambriento le nutres una jornada
si le enseñas a pescar lo alimentas de por vida.
><(((((ª>

Miquel dijo...

Ya lo ves...Jesús Pececillo..ya lo ves...
Un abrazo, y te me cuidas.
salut

Bertha dijo...

La realidad supera a la ficción, y más redactado por el propio autor de esta historia.-Me imagino todo lo que le tendriais que dar a la imaginación: para que, un día si y, otro también no fuera igual.-Eso es, filosofía de vida con razón la disfrutas.-Muchas gracias por compartir estos trocitos de estos relatos.

Un abrazo Miguel.


Miquel dijo...

Hay que hacerlo a trocitos pequeños BERTHA, se digiere mejor y da tiempo a pensar (reflexionar se dice ahora), y pararte en aquellos pequeños detalles que después de tanto tiempo acompañaron parte de la vida de uno.
Lo malo de la miseria es que no solo se muestra en el exterior, en muchas ocasiones invade el interior de las personas.
Un abrazo fuerte y salut.
Gracias por estar con nosotros.

AMALTEA dijo...

Miquel,cada vez escribes mejor. Lo que cuentas merece leerse de principio a final, no el fragmento que cuelgas, sino todo la evocación de tu infancia.
Huele a auténtico, sin artificios ni trampas.
Un abrazo.

Kari velez dijo...

Hola me gusto tu blog, me gustaria intercambiar articulos o links, cuento con una web de pasajes aereos, si te interesa la idea no dudes en escribirme a karivelezs@gmail.com

saludos

Miquel dijo...

Ayyy AMALTEA....a veces, voy por la calle y salen pensamientos de "aquello", y me río solo. Ya sabes que uno no es dueño de sus pensamientos , por lo que si no lo apunto...se me pierden de la misma forma que me atacan...
jajaja
Que bárbaro...
Salut y gracias por estar...
PD : intentaré ponerlos juntitos...Gracias

Miquel dijo...

Gracias KARI VELEZ...Pasaré por tu casa.
salut

Escritores Recónditos dijo...

Miquel, esto trasciende, va más allá de la anécdota personal, adquiere el valor de un documento colectivo y recuperación de la memoria. Ya sabes que siempre te digo que hay que recopilarlo. Venga ya, por favor.
Salud
Francesc Cornadó

Miquel dijo...

Poco a poco...Un abrazo Francesc

Temujin dijo...

Aqui se llevaba la bolsa de agua caliente a la cama, aunque yo siempre dispuse de calefacción en casa(mi padre las instalaba), no pocos amigos míos tenían tan solo "la económica" en la cocina que parecía el infierno y el resto de la casa helada. UN saludo.

Miquel dijo...

Un salud TEMUJIN ¡