EL NACIONALISMO NO APORTA IDEAS, SINO QUE APORTA DECISIONES.
(Heidegger).

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Narración de Navidad. "Las mariposas "



LAS MARIPOSAS


     En las postrimerías de mil novecientos cuarenta, contaba Juan Domingo nueve años. De los sucesos que pudieron acontecerle desde su niñez hacia esa fecha no queda constancia alguna, solo se sabe que su padre volvió a la Calabria italiana, en busca de su primera mujer, y que se despidió de él dándole un abrazo. Juan Domingo supo desde ese instante que jamás volverían a encontrarse.

     En aquellas tierras los acontecimientos no se prodigan con frecuencia, si bien, cuando se produce alguno, queda grabado en la mente de los hombres. Juan Domingo fue testigo de uno de aquellos avatares, que a la postre, le marcaría para toda la vida.

   En los trópicos se dan situaciones que en otras latitudes serían imposibles de reproducir : el insaciable apetito de las termitas, la expoliación de los durazneros por la oruga verde y amarilla, el escarabajo/rinoceronte que hace frente al ser humano protegiendo a sus crías, el sonido perfectamente audible de la hormiga negra cuando pasa por el sendero en compañía de otras miles...Y así un innumerable número de cosas generalmente relacionado con el mundo animal. A decir verdad, Juan Domingo era un experto en ese mundo, de modo que sin temor a equivocarse discernía un trino de otro, encontraba ranas donde por seguro nadie hubiera podido hacerlo, o cogía las abejas con el dedo indice y pulgar sin causarles la mayor presión y exploraba sin titubear el perfecto habitáculo construido por el pájaro hornero. Era sabido que el mejor tiempo para esas incursiones se daba siempre en primavera; quizá la temperatura y la humedad hacían un dúo perfecto.

    Fue en una tarde de aquellas, ante un preludio de lluvias, cuando Juan Domingo llevando un balde en cada mano partió en busca de agua. Tenía un trayecto que sino largo hasta la fuente, era lo suficientemente dificultoso como para tomárselo con calma, las fuerzas estaban medidas. Podía sin embargo, dejar la puerta del barracón abierta; desde donde estaba la fuente se distinguía con claridad, aunque de lejos, el perfil de la vivienda, no había nada que entorpeciera la visión del terreno.

    Su casa estaba formada por cuatro paredes de madera de pino -que cada año se pintaban con pintura sobrante de barco, generalmente de tono verde-, no era más que un rectángulo con una puerta en medio, de tal manera que ejercía de entrada-recibidor-cocina; a ambos lados y por tablones laterales, unas nuevas aberturas daban paso a dos habitáculos opuestos, sin más pretensiones que las de querer aparecer como habitaciones. El suelo, de tierra prensada, se convertía en barro si subía mucho el caudal del rio, que surcaba no muy lejos. Poco que decir en cuanto al cuarto de baño, no era visible desde ningún punto de vista, sencillamente porque no existía.

II

La provincia de Buenos Aires es tan horizontal que si la vista del ser humano alcanzara el infinito, lo vislumbraría. Juan Domingo vivía a las afueras de la Gran Capital. Por aquellos lugares, las viviendas se sometían a las mismas reglas simétricas que en el “centro”. Había espacio y estaba reglado de manera que las superficies se contaban por espacios cuadrados de cien por cien metros, acabando el chaflán en forma de ángulo recto. Las pocas casas que se divisaban eran vistas de lejos con total nitidez.

      Nada más cruzar la zanja que separaba lo que se intuía debía ser la acera de la polvorienta calle, sus ojos divisaron una nube que iba creciendo por momentos. Extrañado, dejó los baldes en la tierra -dos latas vacías y limpias que otrora habían contenido aceite Ibarra, de cinco litros y asas de alambre-, y se limitó a esperar. En realidad no era propiamente una nube, se percibía, aunque imaginariamente, unas líneas por ambos lados, dibujándose perfectamente la parte superior. Todo ello daba la sensación de un rectángulo avanzante. Juan Domingo agarró unas piedras del suelo y sin prestar demasiada atención comenzó una especie de tiro al blanco contra los ruidosos recipientes que después habrían de albergar el agua. Sus ojos estaban puestos en el horizonte. No se le hizo larga la espera; la nube se le venía encima. Una pequeña avanzadilla compuesta por miles de mariposas pasaba sobre su cabeza. Las más la esquivaban, otras chocaban contra su cuerpo y proseguían su camino. Juan Domingo se daba cuenta de una cierta anormalidad normal, pero mientras meditaba sobre tan extraña circunstancia, lo que fue en un primer momento una manifestación de colores se iba convirtiendo en un espectáculo agobiante. Ahora todo empezaba a nublarse, no intentaban esquivarle, sencillamente no podían. Cada mariposa se trasladaba en un minúsculo espacio, perderlo significaba golpearse con otras, extraviar su capa de polen, caer a tierra y morir en el polvo de la calle. Juan Domingo aguantó. Se protegía los ojos con las manos. Dejó trascurrir el tiempo, lo único que poseía y estaba dispuesto a regalar.

     Jamás pudo comprobar con seguridad las horas pasadas de pie. Se sabe que Juan Domingo comentó una vez, -poco antes de morir-, que cuando pasaban las últimas mariposas el sol estaba desapareciendo.
Se acostó aquella noche con la conciencia de que algo no funcionaba, sin saber a ciencia cierta el que. Apagó su quinqué de keroseno y comenzó a pensar. ¿ Dónde se podía encontrar el error ?, ¿ Había algún error ?, ¿ No era la Naturaleza un compendio de sabiduría ?.

     Fue como todos los días al colegio. El Plan de Alfabetización impuesto por el Dr. Illía -a la postre uno de los pocos presidentes elegidos democraticamente- , funcionaba a base de hacer tres turnos diarios: de ocho a once, de once a dos y de tres a seís de la tarde. Juan Domingo siempre prefirió el matutino, tenía más ventajas. Formar filas, enarbolar la bandera y cantar el himno eran quince minutos menos de clase.
Por supuesto no comentó con nadie lo sucedido el día anterior, quería guardarlo como un secreto por ahora indescifrable.
Su curiosidad fue en aumento. De tal manera que averiguó por doña Flora, la maestra, donde estaban los libros que a la postre, le sacarían de la duda.
Doña Flora, en realidad se llamaba Doménica Sfito. Hija de inmigrantes italianos, ni su nombre, ni su apellido, iban en su ayuda.

     Como siempre, doña Flora sacó del apuro la curiosidad cada vez más en aumento de Juan Domingo. De tal manera que averiguó la dirección de la biblioteca más próxima, la Domingo Faustino Sarmiento. Si -hijo mío-..No...está cerquita. No más de siete manzanas de acá. En Matanzas, entre Laprida y Coronel Allende... Decile que vas de parte mía....Buscá primero por insectos, por lepidópteros después y más luego y solo al final, por mariposas.

   Doña Flora estaba presente en todos sus actos. Era corpulenta, más bien obesa y sus andares parsimoniosos le proporcionaban esa seguridad de saberse protegido. No había podido darle nietos a sus padres. La descendencia que era lo que más deseaban todos aquellos emigrantes venidos de la lejana Europa, convencidos de que de esa manera sus apellidos se repetirían eternamente en la nueva tierra como no lo habían podido hacer de allá donde partieron.

    De todo lo referente a esos animales voladores averiguó Juan Domingo, pero no el porqué de esa locura colectiva hacia una dirección determinada. De todas formas, no le fueron por demás las sesiones de biblioteca. Con el tiempo llegó a trabar amistad con don Armando, bibliotecario según él, a punto de jubilarse, pero sin saber a ciencia cierta cuando se le cumplía la edad del retiro. Diez años más tarde aún alcanzó a aproximarle La Condición Humana.

III


    Muchas tardes las dedicaba a descifrar lo que ponía debajo de algunas fotos. Textos mandados borrar por orden de algún general, que quiso hacer desaparecer las infortunadas obras del anterior. El general sucesor obligaba a poner su foto en el lugar donde anteriormente estaba el ahora derrocado. En muchas ocasiones, la foto del mandatario, la vendían en la escuela. En otras bastaba con recortar la foto de la cara con su correspondiente gorra de general, de los diarios.

    De aquel período guardaba sus mejores recuerdos Juan Domingo.

    Cuando salía de la biblioteca, sobre la seis de la tarde, se dirigía con presteza a la panadería del “gallego”, buen tipo donde los hubiere, y allí ayudaba a la masa del pan del día siguiente.
    -¿ Cómo siempre, don Manuel ?
    -Como siempre Juan Domingo...Ponele un saco de harina por cada cincuenta baldes de agua.
Andá, no te cansés, hacelo despacio...Tenés tiempo de sobra.
A eso de las once de la noche la masa estaba ya hecha, habían hecho falta tres sacos de harina. Mientras don Manuel preparaba más leña para el horno y acababa de perfilar los últimos pedidos llegados por la tarde, Juan Domingo iba en busca del agua. Esta no era fácil de conseguir, una bomba manual en el fondo de la finca proporcionaba toda la necesaria, pero era dura de manejar y los últimos cubos ya no eran tan fáciles de llenar como los primeros. El trasporte tampoco era el mismo; don Manuel lo sabía, en realidad, don Manuel lo sabía casi todo, la panadería daba para ello y para mucho más de lo que uno mismo se podía imaginar, así que en los últimos trasiegos siempre caía alguna dádiva en forma de pastelillos del día anterior. Hacia la medianoche Juan Domingo se llevaba un peso, un kilo de facturitas del día anterior, dos panes y el estómago lleno. Se portaba bien don Manuel.

IV


    A los once años, Juan Domingo acabó el primario. Sabía leer, escribir, las cuatro reglas y situar correctamente las catorce provincias de la república. Dona Flora, la maestra, le rogó que no dejara por menos que pudiera, de ir a la biblioteca. No sabía que había hecho un pacto tácito con don Armando. A cambio de ayudarle a colocar los libros del día anterior, don Armando le continuaría enseñando historia, sobre todo historia. Se dice por ahí que en muchas ocasiones se divisó la figura de don Armando descolocando los libros de los anaqueles y depositándolos sin ningún orden sobre la mesa de la biblioteca.

    Pasaron tantos días que fueron fabricando años y estos acompañaron a Juan Domingo.

    Por ese entonces trabajaba en el “centro”. Ayudante de ferretero. Las tardes, a partir de las seis, eran para don Manuel.

    El “centro” era otra cosa. Dos horas de tren daban para mucho. Charlar de lo cotidiano con los habituales. , una cabezadita, o simplemente acabar de leer lo que don Armando le había prestado la semana anterior. Ahora la frecuencia de visitas a la biblioteca se había alargado, pero la relación con don Armando era tan sólida que este le dejaba los libros durante el tiempo que necesitara. Don Armando era de la vieja guardia y Juan Domingo representaba para él ese varón que siempre deseó tener. Si, tenía dos hijas, pero el ritmo del tango siempre lo marcaba el varón.

     Lomás de Zamora, Lanús, Gerli, Avellaneda...Se aminora la marcha en busca con el empalme de la línea de Quilmes, en el encuentro se nota el acelerón. Acá el estadio del Independiente un poco más allá el del Racing...Por fin el puente Bosch sobre el riachuelo; La propaganda de las salchichas Negrita daban paso al pestilente olor de la bocana, en donde el agua parecía que jamás se habían movido desde la creación del mundo...Constitución en diez minutos...

     Le costaba levantarse del asiento. La madera se le quedaba clavada después del largo trayecto. Con los últimos resoplidos de la Mikado 141, el anden de Constitución se acababa llenando de humo. Ya en la estación se dirigía con paso rápido a la salida. Cruzaba el amplio recinto donde se anunciaban las salidas y las entradas de los trenes y se dirigía con paso rápido a la ferretería donde trabajaba. Llegar cinco minutos tarde podía significar una boleta y el inmediato despido.

V

     Hay quien afirma que fue por aquella época el comienzo de su despertar. Del físico no cabía duda. En cuanto a sus ideas, bien pudiera, o pudiera ser la entrada por méritos militares, de los militares. Desde su memoria, recordaba el general Onganía, cuyos méritos no fueron otros que mandar la división acorazada y colocarla delante la Casa Rosada con el consiguiente cambio de foto. A algunos, los menos, se les pasó por la cabeza la influencia que ejercía don Armando en su progresión intelectual. Juan Domingo no poseía ningún título, pero las horas de lectura no fueron baldías. No se equivocaba al pensar que ningún cambio sustancial había penetrado entre los obreros. Pobre Lanús, siempre la misma miseria, el mismo barro haciendo idéntico surcos, los mismos miedos a las mismas entidades.

    Don Armando le dió la oportunidad de poder asimilar a los precursores : Babeaf, Sant Simón, Owen, Sismondi, Cabet...A los que siguieron a los precursores, Blanqui, Proudhon, Bakunin...Y a los que siguieron de los que siguieron a los precursores: Marx, Engels, ...Utilizaba en racionamiento hegeliano cuando participaba en escaramuzas dialécticas, ora en el trayecto del tren, ora con los compañeros de trabajo.

    Juan Domingo nunca supo de donde salían los libros que le prestaba don Armando, aunque era sabido que en las bibliotecas no existía ningún compendio de doctrina que pudiera herir el sentimiento de los siempre dispuestos salvadores patrios.

    Al llegar la noche, después de acabar con el trabajo en la panadería, y a la sombra de los consejos de don Manuel, seguía las letras de “La Nación”. La luz del quinqué proporcionaba al diario un amarillento y opaco brillo, y hacían moverse las letras incansablemente. Fueron muchas las veladas en las que el periódico se quedó sin cerrar. Juan Domingo madrugaba y el cansancio se apoderaba de él. A pesar de todo, se aferraba a la idea de nuevos cambios a través de conquistas sociales y revoluciones permanentes.

    Pero los sábados era todo diferente. A las tres salía de la ferretería sin comer, dispuesto a ganarle tiempo al tiempo y coger el ferrocarril de las cuarenta y cinco. Directo hacia la estación. Sobre las seis ya estaba dentro de la palangana. El baño era un ritual que no podía dejar pasar.

    Primero la cabeza. El cuello, los brazos y las piernas después, y finalmente los talones. Esperaba la noche. Enfundado en la camisa limpia y los pantalones planchados, se dirigía hacia la esquina de Cotagaita y Aguilar. El motivo no era otro que la tenencia de una bombilla mortecina suspendida de un poste eléctrico, que visto desde la lejanía, más parecía la luz de una luciérnaga que no el tendido del alumbrado público.

    Allí solían sentarse, cuando lo permitía el buen tiempo, parte de la vecindad. Si había suerte, don Edmundo se traía el bandoneón. ¡ Qué bien tocaba ¡ -pensaba Juan Domingo-.


VI

    Don Edmundo era fiel seguidor de Anibal Troilo “Pichuco”. Le gustaba repetir sus partituras hasta la saciedad. Nadie se cansaba de escucharlo. Pero no había nadie que no supiera tenía una pieza como preferida, que no era de Troilo, era de Discépolo. Cambalache. La letra se la aprendió Juan Domingo de memoria, y cuando el sábado, si había suerte, don Edmundo daba los primeros compases, Juan Domingo se enzarzaba en la letra: “Que el mundo fue y será una porquería ya lo se, en el quinientos diez y en el dos mil también”. Cuando llegaba a la estrofa “Siglo vente cambalache, problemático y febril”, el resto del personal presente rezaba por lo alto” el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. A partir de ahí continuaban con la canción acompañando a Juan Domingo...” No pensés más, echate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao”. El final , el de siempre. Vivas a don Edmundo y aplausos para Juan Domingo.

    Si la suerte era esquiva y por lo que pudiera ser no aparecía don Edmundo, Juan Domingo se erigía como líder orador. Les explicaba lo que significaba la compra venta del trabajo, moneda como relación de cambio, la forma precio, el dinero como forma de pago, la teoría de la plusvalía...Les decía que la clave de la Historia era solo económica, que el patrono pagaba trenta días de vacaciones a cambio de trescientos trenta y cinco mal pagados. Que el capitalismo no habría dado nada altruistamente, que por si el fuera, aún estarían los niños en las minas, junto a sus madres.
Comúnmente se hacían las doce o la una de la madrugada. La gente cansada se despedía con la conciencia de que el orador tenía mucha parte de razón. Mañana era domingo y había que aprovecharlo.

   El día de asueto pasaba rápido. Visita a casa de don Armando por la mañana. Allí le esperaba el desayuno, galletas con mate; se devolvían libros, se cogían otros y se comentaban cosas en compañía de sus dos hijas, siempre atentas a las evoluciones del invitado. Que si estás cómodo. Que si sentate acá. Que si quedate a comer. Les explicaba la situación de la clase trabajadora en la capital y les comentaba la situación reinante. Ellas se quedaban mirándolo fijamente, y Juan Domingo pensaba, entre oración y oración, que si tuviera que elegir entre las dos no sabría escoger.

    Se encontraba a gusto, pero la visita a casa de don Manuel era ineludible. La puntualidad era una de las cosas de que presumía, en un país en donde llevar reloj significaba llegar tarde a todos lados. Después de la ritual despedida y con la conciencia de quien se deja algo, Juan Domingo se dirigía directamente al almacén de don Manuel. Un cuarto de hora. Agarraba de un tirón la avenida de Roma, cruzaba Chascomús, Olano, Bulevar de los Italianos, giraba por Aguilar e iba a buscar Cotagaita. Cuando faltaba por recorrer la última calle, Pucho, el perro del panadero, salía a recibirle dejando tras de si una capa de polvo. Juntos caminaban el resto del trayecto. El portalón por donde se descargaba la harina estaba siempre entreabierto, Pucho se encargaba de la vigilancia. Era como un reloj. Se sabía el día de los descargadores, conocía a la clientela e intuía quien andaba con afán malintencionado. Nadie en son de guerra hubiera entrado al patio emparrado del almacén. Encalado de blanco, estaba cubierto por una cepa, orgullo de doña Celia, la mujer de don Manuel, quien afirmaba con rotundidad que la parra era una variedad “loureira”, pariente del “albariño”, y que ese tipo de uva solo se daba en su pueblo. Que ella era de Lugo y que Lugo quedaba muy lejos.
Como se anda doña Celia, preguntaba al entrar, Juan Domingo. Buenas tardes, te estábamos esperando, respondía la mujer de don Manuel. Se sentaban a la mesa y la primera pregunta era sobre la salud de don Armando, viejo conocido y vecino, a sabiendas de que venía de allí. - Bien, le andan algo flojas las piernas, respondía Juan Domingo.

    Y entonces, doña Celia, invariablemente soltaba un suspiro para volver a responder: -Al fin de cuentas tiene suerte, con dos mozas a su lado, y volvía a la carga ante la desesperación de don Manuel. -Si tan solo hubiéramos podido tener un hijo...Durante la comida, Pucho se encargaba de hacer olvidar los pesares de doña Celia. Y esta explicaba lo que Juan Domingo ya tenía por sabido, las montañas de su pueblo, el agua de su pueblo, el clima de su pueblo...La distancia le hacía idealizar aquellas tierras que añoraba y que ya nunca jamás volvería a pisar. En alguna ocasión se imaginó ver en las mejillas de doña celia, un halo de humedad. Al llegar a esta situación, Juan Domingo le comentaba a don Manuel la necesidad de adelantar el trabajo de mañana. Mera excusa bien recibida por los cuatro, Pucho también notaba la falta de alegría. El domingo era un día en el que se acababa antes el trabajo. Don Manuel admiraba aquel niño que se fue haciendo adulto a su lado. Era rápido, eficiente y amable, pero lo que más le sorprendía era su dominio del diálogo. Siempre estuvo creído de haber sido su único maestro y eso le llenaba de orgullo. No sonaban las once de la noche, cuando Juan Domingo se había despedido. Atravesaba el patio y ponía la tranca al portalón. Una palmada en la cabeza de Pucho que lo seguía hasta el límite del cercado.

    Por las noches era más dificultoso desandar el camino, si además la lluvia hacía acto de presencia, los problemas se multiplicaban. Cuando se daban esas situaciones, que no eran las menos, las personas agudizaban su ingenio. Contaban con tres referencias: la luna, los postes esquineros del teórico alumbrado público y, los más fiables, los juncos que bordeaban las zanjas que trascurrían paralelas a la parte exterior de lo que alguna vez serían las aceras. Por las acequias trascurrían toda la amalgama de productos residuales. No eran excesivamente profundas pero, si alguien tenía la desgracia de caer en ellas el problema que se le avecinaba era el tener que salir, pues los juncos crecían paralelos al cauce del agua, sus raíces siempre húmedas carecían de consistencia y aguante. Por otra parte, el lecho del pequeño lecho era el fango y los pies quedaban atrapados en él.. después de la lluvia, aunque saliera el sol, la situación no tenía tendencia a mejorar. El drenaje era lento y el ras de la superficie solía elevarse sobre unos diez centímetros del suelo, a la manera de convertirse todo en un gran lago. La carencia de cloacas y sumideros terminaban por hacer el resto. Todo era mirado desde el prima de la tranquilidad. Al nacer lo habían visto de aquella manera y, aunque la mayoría de los habitantes de aquella villa trabajaban en la capital y se daban cuenta de las diferencias, les era inasumible verlo de otra manera. Y en ese contexto lo situaban. No era fatalismo, era conformidad. A la vez, nadie se sentía marginado.

    La oleada de inmigrantes españoles, rusos e italianos que se habían dejado caer por la década de los cincuenta se habituó con facilidad a la vida local, que dicho sea de paso, tampoco tenían nada que perder. Aunque la naturaleza, las costumbres y el idioma eran diferentes, la gente de origen era solidaria. Por otra parte, unos iban en busca de otros, formándose así pequeños guetos de distintas nacionalidades. La avanzadilla era el marido que venía al país en busca de fortuna y guiado casi siempre por la carta de un amigo o familiar que ya estaba instalado; este era ayudado por los paisanos a construir la casa que posteriormente habitarían los demás miembros a su llegada, ora de madera, de adobe, de chapa y en algunas ocasiones, cuando el presupuesto no lo impedía, de ladrillo. Acto seguido mandaba a buscar a la mujer y a los hijos. Había otras variantes; el recién llegado se instalaba en el hogar de algún pariente, pasaba algún tiempo antes de encontrara trabajo, se comparar un terrenito y edificase, pero a la par, tenía que juntar dinero para enviar por sus familiares. Podían pasar años antes de que todo estuviera a punto. No era la primera vez que al cabo de un largo período se presentase la mujer con los hijos habidos del matrimonio en busca del marido que partió décadas antes, y que esta se llevase la sorpresa de ver que había formado otro hogar.

    Estas situaciones paradójicas seguían pareciendo normales, aunque no lo fueran para los recien llegados, que a la postre acabarían por acostumbrarse a compartir padre y marido. La ausencia de papeles oficiales y la carencia de objeciones después de las prolongadas ausencias, hacían que en lo en un principio fuera un problema socio moral, no fuera más que un aumento de familia. Con el pasar del tiempo todos se aceptaban y no era extraño que, el hijo europeo se enamorase de la hija americana o viseversa.
Todo normal.


VII

    El ferrocarril General Mitre funcionaba como todo lo estatal, mal. Lento e incómodo, no llegaba nunca con el horario previsto. Cuando aparecía lo hacía con la gente colgando de los estribos. Al llegar a la estación, muchos pasajeros se veían obligados a apearse por los enormes ventanales dado la imposibilidad de hacerlo por las puertas Cualquier sitio era válido para realizar el trayecto. La Mikado 141 cargaba de personas por ambos lados de la caldera sin que los maquinistas pudieran impedirlo. Daba resoplidos, y con un lento rugir y una grande humareda de color negro comenzaba la andanada hacia su destino. Todos los sitios eran aprovechados. Se daba prioridad a los niños y a las mujeres, y se reservaba para ellos los mejores lugares de apoyo. A las seis de la mañana la población productora ya estaba en marcha.

    La industria contaba con la mano de obra barata de la juventud, que a fuerza de dar su fuerza de trabajo, perdían la inocencia antes de cumplir catorce años. Ir colgado del estribo, sentarse de los ventanales o mantener el equilibrio al lado de la humeante máquina era soportable con el clima templado de la primavera, pero en cuanto aparecían los primeros rigores otoñales, se hacía casi sobrehumano aguantar el recorrido. No era la primera vez que un pasajero se quedase sin fuerzas y fuera ayudado por los demás que hacía piña para mantenerlo en equilibrio a base de apretarlo. Todos eran cómplices de la absurda situación. El sistema funcionaba a base de solidaridad. Hoy por ti, mañana por mí. Aquel racimo de personas que se amontonaban alrededor de unas enormes cajas andantes tenían asumido su papel, pensaba Juan Domingo, aunque, y seguía en su pensamiento, no se aplicara la regla de Confucio; si bien trabajaban y obedecían, les era completamente imposible ahorrar. Conocían completamente la situación, su situación, aunque no se decidían a resolverla -seguía monologando Juan Domingo-, nada, o casi nada, se podía hacer desde los andenes de la estación. El obrero ya tenía suficientes problemas con pensar en aguantar su puesto de trabajo, además, no se daban unas expectativas halagüeñas, puesto que los militares andaban preocupados.

    Según los milicos, un pelotudo iba tocando las narices por la altiplanicie del Continente, con ideas de barbarie. Vagos y maleantes, se sumarían sin pestañear y eso traería la anarquía. El nerviosismo, pensaba Juan Domingo, es mal consejero en estos casos; por otra parte, seguía pensando, se unían los poderes fácticos de los diferentes gobiernos. Este tipo de alarma provocada por cualquier grupo que tuviera ideas enfrentadas con el poder establecido, era suficiente como para provocar una reacción en cadena. Desde luego, nada, o casi nada se podía hacer desde los andenes de la estación.
Giró sobre si mismo y siguiendo la dirección contraria a las personas, empezó a buscar la salida. Subió el puente que cruzaba las vías que dividían Lanús este del oeste. En la avenida J. V. Gonzalez esperó el trolebús.

VIII

  ¿ Qué te pareció la idea de Juan Domingo ?, preguntó Cristina. En estos tiempos, contestó Graciela, yo no me metería en política. -No es política, simplemente es un sindicato que está al servicio de la clase trabajadora. - Cuando les pase algo, veremos quien es el lindo que le echa un cable, seguía argumentando Graciela.

    Juan Domingo fue bien recibido en la C.G.O. En unos momentos de tensión interior donde se aproximaba otra de las muchas escisiones, cualquier persona que se apuntara era bien recibida. Sin saber de problemas internos, Juan Domingo explicó su des-ilución por la condición de la clase trabajadora, el sufrimiento cotidiano a la que se veía sometida, el precio de los medios de trasporte, la carestía de la vida, la falta de los medios más elementales para la subsistencia...Le habían recibido a las nueve de la mañana, y a las tres de la tarde se encontró hablando de los mismos temas con don Raimundo, líder a la postre, de la facción rebelde. Nadie había escuchado con tanta atención los argumentos de Juan Domingo. Eran frescos, aunque de por si, hacía muchos años que rondaban por el país. Estaban explicados desde los argumentos de la nobleza, incluso desde aquella parte que la política había olvidado, eran argumentos sencillos y válidos, y explicados desde una forma sincera.

   Una pizza en la oficina para no perder el tiempo y continuar la conversación.
El preludio de lo que tenía que pasar.

   Aquella tarde telefoneó a don Manuel. -No, no podré ir a las siete. Si, don Manuel. No pasa nada. Mañana a la tarde estaré y le explicaré. Dele recuerdos a doña Celia. Hasta mañana. Adiós.

   A las ocho de la noche se encontraba dialogando de aquel mismo día, se encontraba dialogando con don Armando. Cuando sonó la puerta de la calle, sus hijas quedaron sorprendidas al verle, sin embargo, don Armando hacía mucho tiempo que temía la visita. Juan Domingo les explicó pormenorizadamente la determinación que había tomado. Afiliarse a la Central General Obrera, Les comento que el mismísimo don Raimundo le había escuchado; que juntos comieron una pizza y que formaría parte de un mitín como tercer telonero, con quince minutos de tiempo en el teatro de la Organización. Que el líder del sector crítico le pareció una persona formidable y que comprendía el resurgimiento de una facción nueva, dado que el sindicato se encontraba a manos de Bandor, un colaboracionista del régimen del General Onganía.

   -¿Qué le parece ?, preguntaba Juan Domingo con ganas de sentir muestras de aprobación. Ni Cristina , ni Graciela contestaron, pero se les notaba su pesar. Como mujeres intuían que afiliarse a cualquier cosa que tuviera algo que ver, aunque de lejos, con posturas denominadas de izquierdas no era bueno. Contestó por los tres don Armando : -Mirá, Juan Domingo. Se lo que pensás y como te sentís. Yo no creo en la fatalidad, pero las cosas son como son.

    No son buenos tiempos; date cuenta de que los milicos viven de prestado por los gringos, estos no dan nada por nada y les interesa que la cosa siga como hasta ahora, con esta situación, no es tan solo por ligar de manos a la clase trabajadora, que esto les va bien a unos pocos, (continuaba don Armando), lo que pasa es que el barbudo les está tocando donde suena, y eso les va mal a todos. Porque date cuenta, proseguía don Armando, a Bandor se le acusa de colaboracionista porque aguanta la situación para que de momento no haya manifestaciones, porque sabe que a la primera de cambio se van las mitades a la calle y las otras mitades entran en cana. Mirá los países vecinos, mirá al oeste, mirá al norte...¿ qué ves ?...Y vos te proponés subirte a un pedestal, cantar las promesas de un tal Raimundo y erigirte en protector de la masa social. Que este país no es lo mismo que Francia...Que allí fueron los anarquistas los que llevaron la voz cantante...Que los comunistas se les unieron más tarde y porque vieron que las fábricas se pusieron al ladode los estudiantes. Mirá, al que hacía milagros hace dos mil años que lo mataros, y no lo olvidés, lo mataron por hacer milagros. Don Raimundo no quiso proseguir pero una inmensa desazón le comenzó a invadir. Supo desde aquel instante que Juan Domingo no volvería a presentarse los fines de semana; que se habían acabado los domingos, las charlas de teoría política y que además perdía un hijo.

   Fue el apretón de manos más efusivo, los besos más recordados, las miradas más temidas.. Prometió volver en cuanto pudiera, comentó que el trabajo en los mitines era duro y solo se podía arengar en día libre. Los domingos los tendría desde ahora ocupados.

IX

    Un papel azul sobresalía de entre la puerta y el marco de su casa. Eran casi las doce de la noche. No lo abrió, para qué, si ya se que es la boleta del despido, pensó. Se asombraba de la rapidez con que actuaba la empresa en caso de verse perjudicada.

   Para el invierno del sesenta y ocho, los disturbios estudiantiles eran cotidianos. Se les represaliaba inmediatamente. Cerrábase la Universidad por unos días, pero esto daba pie a que los estudiantes deambularan por la capital con tiempo libre. Se les prohibía el agrupamiento de más de cinco miembros juntos, aplicándose la ley de reunión ilegal, y se les negaba el derecho de proclamar nada bajo pena de de declararla manifestación clandestina. Apostados en los lugares más representativos, las fuerzas motorizadas cuidaban de un falso orden. El miedo unido a la desilusión estaban presentes en el pueblo.

    La Central General Obrera facción “rebelde”, liderada por Raimundo, se aproximaba a las directrices estudiantiles más progresistas. La ruptura del sindicato fue un hecho y desde ese instante hasta mediados del sesenta y nueve el malestar fue en aumento.

   Pocos discursos fueron suficientes para que Juan Domingo fuera conocido. Lo poseía todo. Juventud, experiencia laboral, dominio de la dialéctica y conocimiento pleno de las tésis de marcado carácter socialista. Sus discursos eran populistas y recordaban constantemente las vicisitudes de los marginados, las villas miserias, los conventillos, la falta de los medios más esenciales para subsistir, la carencia de higiene de la población que venía a la ciudad en busca de una oportunidad y que se hacinaba en los lugares más inverosímiles, containers, caños de agua, puentes...

   Don Manuel se quedó sin ayudante. Pasaban los días sin que el portalón ventanero de Juan Domingo se abriera. El sindicato se comía prácticamente las horas del que hacía poco era erigido como primer telonero de don Raimundo.
Para mayo del sesenta y nueve todas las centrales sindicales estaban clausuradas, como lo estaban también las asociaciones. Intervenidas sus propiedades y confiscadas otras, los grupos asamblearios tenían que juntarse a escondidas. Aprovechando la situación, el Gobierno pregonizó una vuelta al corporativismo. Ninguna de las centrales, y por supuesto la C.G.O. Dieron por zanjado el asunto, antes más, por una vez juntaron sus fuerzas, de manera que Juan Domingo le fue asignada la parte norte del país, por cierto la más deprimida. Meses de asambleas, discursos, mitines, concentraciones, persecuciones, enfrentamientos con fracciones rivales, paralizaciones, movilizaciones...

   Una reunión clandestina con los máximos dirigentes de todas las centrales sindicales proclamó la tan esperada huelga general. Juan Domingo fue el encargado de comunicar que el trenta de mayo se paralizaría toda la nación. El lema de la unidad obrera era vital para el éxito de la misión. Lo que empezó con ilusión se quebró al cabo de tres días. Los obreros volvieron a sus lugares de trabajo. El Gobierno decretó el estado de Sitio, amén de unos cuantos ajustes ministeriales, con lo que confluyó la llamada paz social. El país se comenzaba a restablecer.

    Don Manuel se iba enterando por la prensa de los avatares de su antiguo aprendiz, y aunque no compartía todas sus ideas, cuando veía una foto suya publicada, la recortaba. De vez en cuando pasaba por la puerta de la vivienda de Juan Domingo a observar el portalón de la ventana. Ahora las hierbas se iban apoderando lentamente de la entrada. La verja de la puerta aparecía oxidada y toda la barraca daba la impresión de abandono y de vacío, sin embargo, jamás nadie se atrevió tocar nada de aquel lugar.
A partir de la huelga general todos los principios comenzaron a radicalizarse. Estudiantes y obreros encontraron en aquellas manifestaciones nuevos principios de resistencia. Se dejó de lado la postura del diálogo y florecieron las batallas callejeras. Un grupo radical y violento hizo eclosión en la Gran Capital : los Montoneros. Solo cuando secuestraron y asesinaron a un ex-presidente (que lo había sido en los años cincuenta), a Juan Domingo se le comenzó a presentar las imágenes de la niñez.

    Fue su última visita a casa de don Armando. Había estado fuera casi un año. Cuando se abrieron las puertas lo hicieron de par en par. Seis ojos miraron de arriba a abajo a un hombre completamente cambiado. Fueron explicando detalles, desgranando pormernores, comunicando inquietudes. Por fin Juan Domingo hizo la pregunta: ¿ Qué le ha parecido, don Armando ?

   -Mirá. mi hijito , vos querés que te conteste la pregunta más delicada. ¿qué me ha parecido el qué ?. ¿ Lo de la huelga general, o lo de las manifestaciones ?, continuaba don Armando, ¿ O te referías a tus discursos ?. Mirá, mi hijito, los animales son más inteligentes que las personas, así, cuando se sienten acechadas por algún peligro, marchan. Sus genes les indican que para continuar y preservar su especie han de olvidarse del orgullo; para los animales, que son más inteligentes que las personas -insistía don Armando-, prevalece el sentido común. Saben que han de seguir multiplicándose y que no vale de nada enfrentarse a la Naturaleza ni a los hombres. Por supuesto no hacen como vos, que te enfrentás solo contra todos. Haceme caso, ¡ mandá todo al carajo ¡, quedate acá. Onganía no perdonará, pero si lo dejás tranquilo, el no moverá ficha. No quiere más problemas. No te equivoqués. ¿ qué te parece que dijeron los obreros cuando les descontaron tres días de salario?. No se acordaron de la C.G.O.. No. Se acordaron de Raimundo, de Bandor y de vos; y para que te voy a contar de los que se quedaron sin laburo. Estos serán a partir de ahora tus enemigos. Y serán más radicales que los milicos...-Se equivoca ud, don Armando, contestó Juan Domingo, para añadir a continuación que hacía un año que las cosas habían cambiado, que la gente estaba con Raimundo y con él. Que el ideal de liberación haría cambiar el mundo de injusticias...-El que se equivoca sos vos, y de largo. Vos creés que la huelga general lo arregló todo.

    ¡ No te das cuenta de que el pueblo está como está porque el sistema es errado ¡. Mirá, para que la gente sepa lo que quiere solo hace falta una cosa : educación, y es por eso por lo que tendrías que luchar. Educación desde la base, no a partir de los trenta años, ahora, proseguía don Armando, lo único que temen los que están bajo el manto del sindicato es quedarse sin trabajo. Sin educación desde un principio jamás podréis conseguir nada. ¿ Acaso ha habido aumento salarial ?. No. ¿ Porqué no ?, pues porque los de arriba, sabían que vosotros, los de las centrales, no podíais ofrecer garantías de nada. Porque no formaís gente para un futuro, solo la preparaís para acontecimientos. No habeís tenido en cuenta que la enseñanza en este país no está pensada para aprender a vivir. Habeís hecho como los saltamontes, pueden dar un salto muy grande, si, pero jamás saben si van a caer a la boca del sapo. A tu edad, deberías saber que los políticos interesan más por lo que no hacen que por lo que prometen. En fin, yo me formé con la idea de que las derechas, y por principios, eran más corruptas que las izquierdas, pero me equivoqué. Las izquierdas se mueven por los mismos resultados que las derechas. Lo único importante es quien las dirige. Así que tres días y a joderse; si mí hijito. Juan Domingo no sabía que responder, además, no tenía ganas de discutir, el argumento de don Armando era rebatible, pero desde su punto de vista tenía su parte de razón. Solo pudo mirar de reojo a las hermanas. Estas, que también le estaban mirando, solo esperaban una respuesta conciliadora. -¡Quédate a dormir acá, le rogó Cristina. No puedo, hace más de diez meses que no paso por casa, argumentó Juan Domingo, sabiendo que en aquellas circunstancias comprometía a la familia.

   Tenía la certeza de todo había sido un sueño, un sueño cuyo final estaba próximo a cumplirse. Para no hacer tenso el momento, aceleró la despedida. Fue todo más rápido de lo que el mismo esperaba.

X

     No tenía trabajo y la Central se encontraba clausurada. Que decir sobre los correligionarios. Algunos se encontraban en paradero desconocido. En la D.G.P., otros. Los que quedaron libres, o estaban en el paro o querían suprimir todo contacto con los miembros sindicales. El trabajo, claro. A la una de la madrugada (se había hecho tarde la conversación con don Armando), lo que tenía claro era que ponerse a caminar en dirección a su casa sería un absurdo. Todo estaba patrullado.

    Agarró el camino del cementerio de Lanús y empezó a deambular por el antiguo recorrido del colectivo número 3. Así pasó el riachuelo; diez calles más allá el campo del club Atlético, tiró hacia la derecha y volvió a ascender. 9 de Julio. Plaza Sarmiento. La estación del tren. Cuatro trenta de la madrugada. Se dirigió al Tres Carabelas. Allí en esa misma silla de ese mismo bar, hace años, muchos años, una vez, se sentó con su padre. Donde hay amor de baile no hay amor de nada. Con él, su padre, fue la primera y la última.

    -Café con leche y una facturita. Divisó desde lejos el titular del Crónica en su primera edición : Livistone, General de las Fuerzas Armadas, agarra las riendas de la nación. Otro cambio de fotos, más de lo mismo y en las mismas circunstancias,-pensó-.

    Pagó y dejó el cambio. Cogió rumbo al andén. Mientras subía los escalones del puente de hierro, empezó a mirar fijamente a toda aquella gente agolpada en las andanadas. Ahora no lograba distinguirlos. Si se concentraba al máximo podía ver con alguna certeza cada una de sus caras expectantes, de la misma manera, tenía la obligación de ver sus brazos, aunque fuera de forma borrosa, pero no, no lograba distinguirlos. Sin embargo, creía adivinar unas formas básicas redondeadas en los extremos de los hombros. ¡ Claro ¡, -se dijo así mismo Juan Domingo-, ¡ son las alas ¡. Para él, volvía a repetirse la Historia, porque la Historia, le dijo alguna vez don Armando, siempre se repite.
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    Ahora se encontraba frente cientos de mariposas anhelantes, con miedo a caer a tierra, no levantarse y perder su puesto de trabajo. Y se dio cuenta también, que de la misma forma que habían venido, marcharían. Que no cambiaría nada, que seguirían cumpliendo su misión. Quizá también la de la Naturaleza -pensó-, y que tendrían que concluir su ciclo, y por supuesto y eso le hizo estremecer, con su condición larvaria.

    Lentamente comenzó a descender y sin mediar palabra se entremezcló con el gentío.
Ahora si que comenzaba a descifrar aquel secreto de su juventud.

    El rápido de las cinco quince solía pasar a menos cuarto. Tenía tiempo, el mismo tiempo que le sobraba en su primera juventud.

   Paseando por las vías se acordó de una frase que le comentó el padre Delgado el día de su Primera Comunión : “ No quieras ser demasiado justo ni demasiado sabio, ¿ para qué quieres destruirte ?. (1).

    Intentó reflexionar.
    Esta vez, el rápido llegó pronto.




P.D : A las siete y vente minutos de la mañana del día catorce, mes de julio, año mil novecientos setenta, se levantó el cadáver de un indocumentado. Trasladado a las dependencias del Depósito Municipal del cementerio de Lanús. Se tramitan las diligencias para su identificación. (2)
Por orden del Juez del Distrito, se restablece el tráfico en la línea férrea después del levantamiento del cuerpo.

  1. Eclesiastés, 7:16
  2. Diario Crónica. Pg sucesos. A 15 de julio de 1970






















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14 comentarios:

Mª Trinidad Vilchez dijo...

Felíz Navidad ...MIQUEL...!!!

Francesc Puigcarbó dijo...

Una història interessant y molt ben redactada.

Bon nadal!

Miquel dijo...

Felin Navidad MTRINIDAD
Salut

Una narració nadalenca, amb final com el qual ha de ser, FRANCESC,...poques vegades he vist que les coses acabin bé, i aquesta, no seria l'excepció.
Salut i Non Nadal de tot cor

Josep dijo...

A mi se me ha hecho corto, parece como si de alguna manera se pudiese continuar.
Salut, Miquel.

Enric H. March dijo...

I per Nadal me l'he llegida.

Molt bon relat, Miquel. M'ha agradat com construeixes el personatge a partir dels fets socials i històrics, però sobretot, el discurs dels personatges que giren al voltant de Juan Domingo i que serveixen de contrapunt o de catalitzador en el seu desenvolupament personal i ideològic.

Bones festes, bon any i salut!

Miquel dijo...

Muerto el protagonista JOSEP, se acabço la rabia...pero si, es cierto, gira mas en torno al hecho sociológico que no en el protagonista..
salut Bon Badal

Són ben histórics ENRICH, he cuifdad de les dades i dels presidents..i dels noms..i dels llocs...Gracies per llegil la.
salut i bon Nadal

Miquel dijo...

Perdó ENRIC...ostres ¡¡¡

sentir1907 dijo...

Vamos a ver Miquel........te crees que tras una buena resaca voy a tener ganas de leer ese tocho ... ??? jejejejejejeje
Saludos prenda ¡¡
Felices Fiestas ¡¡

Miquel dijo...

Saut SENTIR ¡
salut....

Enric H. March dijo...

Miquel, no em referia tant als personatges i l'ambient històric com als personatges que giren al voltant de la vida de Juan Domingo (curiós el nom que has triat!): doña Flora, don Armando, don Manuel, Cristina, Graciela, don Raimundo...

Miquel dijo...

Té moltes coses verídiques, moltes ENRIC H MARCH.
Salut

Temujin dijo...

Muy bueno, tanto en el envase como en el contenido, cosa que no siempre sucede. Se lee facil y eso para mi es bueno, las fechas le dan momento exacto para visualizar los personajes,su evolución y su entorno. El menaje es real, triste pero real, los ejemplos son muchos.
Un saludo.

Temujin dijo...

El mensaje y el menaje...
Un saludo..

Temujin dijo...

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